Nota aclaratoria:

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Diario de una conversión

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PSICOANÁLISIS INTROSPECTIVO
Comentario espiritual de mi propia persona

Me dispongo a escribir lo que he venido a denominar mi "pequeña gran obra", que es nada más ni nada menos que el dejar por escrito cual es mi última y verdadera voluntad en la vida. Trátase, digo, de una especie de Testamento Espiritual redactado en forma de confesión. Entendiendo por confesión no solo el reconocimiento de algo que antes se había ocultado, sino también la acción de decir abierta y sinceramente lo que pienso y siento sobre mi propia experiencia vivida en este mundo. Quizás ese tener ansia o deseo vehemente de conseguir alcanzar un estado de conciencia que me liberase de todos mis deseos, temores y paranoias, me ha llevado hacia un esclarecimiento religioso interior místico experimental de tal profundidad y magnitud trascendental que penetró mi alma hasta el punto de ver aquello que, en boca del personaje del zorro del libro "El Principito",  es invisible para los ojos, pero no al corazón: la presencia de Dios vivo.

Sin más, me confieso:

Para que mi estado de conciencia cambiara de forma radical, tenía que producirse en mí una revelación providencial que me transformara por completo, y que me hiciera pasar de vivir diciendo un no a la vida, a un sí rotundo, y todo en cuestión de un abrir y cerrar de ojos. Tal acontecimiento era imprescindible para producir ese cambio interior que mi alma pedía a gritos. Porque, a pesar de todo, nunca perdí la esperanza de que, tarde o temprano, llegaría ese momento. Era cuestión de esperar su debido tiempo. Ya que como leí una vez: "No todos los que dudan están perdidos. La psique tiene muchos secretos en reserva. Y no se descubren a menos que sea necesario. De manera que algunas veces el predicamento que sigue a una negativa obstinada a la llamada, demuestra ser la ocasión de una revelación providencial de algún insospechado principio de liberación."

Así que esa revelación o hecho extraordinario que aconteció en mi vida para convertirme en un hombre nuevo, nacido desde dentro y no desde fuera, liberado de todo miedo interno, llegó en una noche en la que me hallaba en Córdoba. Procedo sin más dilación a contar con todo tipo de detalles tan sorprendente suceso:

El reloj marcaba las 2.00 de la mañana cuando lo miré por última vez antes de apagar la luz de mi habitación y echarme a dormir en busca de ese estado de reposo absoluto en el que entra el ser humano mientras está durmiendo. No sé en qué momento entré en sueño, pero sí sé cuando pudo producirse éste, siempre enfocándolo ahora desde mi propio recuerdo. Pude entrar en sueño en el mismo momento que empezaron a venirme a la mente todo tipo de imágenes y escenas de mi infancia. O quizás, quien sabe, no estaba dormido, sino en un verdadero estado de trance, ese estado en que el alma se siente en unión mística con Dios. Y, por tanto, más que un sueño fue, como he apuntado al principio, una manifestación de una verdad secreta u oculta que había en mi interior y que mi psique tenía en reserva para revelármela. Fuese lo que fuese lo importante es la sensación que produjo en mí al despertarme. Creí haber encontrado la respuesta a todas y cada una de mis preguntas existenciales sobre mí mismo y mi situación en la vida. Creí, insisto, haber comprendido el por qué de toda mi vivencia pasada y que repercutía tanto en mi vida presente. Así que narro lo que aquella visión de la noche me reveló:

PRIMERA ESCENA: LA LLAVE DEL REINO DE LOS CIELOS

Me ví a mí de niño en el cuarto de mis padres. Mi padre estaba acostado en la cama y yo ante él. Me pidió que buscara en el cajón del mueble que había enfrente de su cama una llave para abrir la caja que contenía las monedas. Al abrir dicho cajón, encontré una llave muy rara y le pregunté a mi padre qué de dónde era y para que servía esa extraña llave con la que me topé. Entonces él me dijo que la cogiera y me acercara a la cama. En cuanto lo hice, me miró y me dijo que se trataba de una llave muy especial, la llave de su corazón. Le miré extrañado por sus palabras. Con la inocencia propia de un niño que no lograba comprender que me estaba diciendo con eso. Pero la cosa no quedó ahí porque me dijo además que guardara bien esa llave por si algún día la necesitaba.

Al recordar esta primera escena de lo que pudo ser y quizás no fue (no descarto que lo hubiera soñado de chico y ahora lo vuelva a recordar como si tal hecho hubiera ocurrido) una vivencia real muy profunda de la infancia, después de lo que he vivido durante la última década en el seno de mi familia, le he encontrado una interpretación interior a este acontecimiento. Probablemente mi padre se refería a que esa llave era la que abría la puerta de su corazón. Y que solo la necesitaría en caso de verse enfermo del corazón por falta de amor. Aceptando esta premisa como interpretación correcta de aquella vivencia, ahora comprendo el porqué escribí en mi carta a Odessa lo siguiente: "Sin embargo, la llave que abre la puerta de tu corazón es difícil de conseguir, ya que todavía no he sido capaz de obtener la llave adecuada. Aún así, tengo el presentimiento de que cada vez estoy más cerca de ti. Por eso mismo, soy consciente de que tengo que dar toda mi fe en el intento, a pesar de no haber tenido, en ciertos momentos, la fe necesaria de creer en el amor. Así pues, si quiero estar junto a ti tengo que demostrarte todo el amor que esconde mi corazón." Indudablemente es un hecho el que se tenga que identificar esta llave a la que aquí hago referencia con la que mi padre guardaba bien escondida en el cajón del mueble de su cuarto. Y más aún cuando en el párrafo continuo de dicha carta escribí:   "Alguien o algo me dice que estoy preparado para dar el gran paso, con lo que parece ser que el momento que yo siempre he soñado (nuestro encuentro) depende de mí, como Tú siempre me has dado a entender. Porque Tú me has enseñado El Camino hacia el amor a través de Tu luz, y ahora soy yo el que tiene que conocer el modo de terminar El Camino, conseguir la llave y abrir la puerta tras la que se esconde una belleza inimaginable para cualquier Ser Humano."

Es evidente que esa llave es un símbolo de mi persona. O mejor dicho la llave representa en sí a mi corazón abriendo o cerrando el corazón herido de mi padre. Podría interpretarse esto como la metáfora eterna del amor entre padre e hijo. Ese amor que un día se rompe y que crea una herida que hace enfermar al padre, que vivirá desde entonces en continua agonía de su amor por su hijo. Y el único que puede curarle esa herida es el que le asestó el golpe mortal: su propio hijo. Extrapolando mi sueño o visión de aquella escena de mi propia infancia a la Historia de Salvación que viene descrita intrínsecamente en La Biblia desde su primer libro, el Génesis, hasta el último, el Apocalipsis de San Juan, he podido comprender que mi padre representa al Dios que todo hombre busca en la vida y que yo represento al mismo Israel, el pueblo de Dios que está llamado a salvarse encontrándose con su Creador. Me explico, he podido distinguir muy claramente al Amado y la Amada. Es decir, Dios y su Humanidad. O dicho de otro modo, en mi caso, Padre e Hijo. Es decir, mi padre ha estado esperando a que yo le devuelva el amor que él tanto derramó por mí cuando era pequeño. Pero, por motivos de una incompleta inmadurez de mi persona, le respondí agresivamente a ese amor incondicional. Desde este punto de vista, es fácil comprender entonces por qué Dios tuvo que hacerse hombre entre hombres, encarnándose en la persona histórica de Jesús de Nazaret y dejándose luego crucificar. Pues puede entenderse que, como bien postuló Abelardo en su idea de la explicación de la crucifixión, el Hijo de Dios bajó a este mundo para ser crucificado y despertar nuestros corazones a la compasión, y así apartar nuestros pensamientos de los intereses groseros de la vida material y volverlos hacia los valores específicamente humanos de la entrega de uno mismo en el sufrimiento compartido. En definitiva, y volviendo a la interpretación que vengo haciendo de la primera imagen que tuve de mi infancia, creo que mi padre estaba esperando que le devolviera la mirada de amor que él siempre tuvo hacía mí cuando era niño. Por consiguiente, es normal que haya sentido a lo largo de los últimos años que mi alma vivía en esa especie de “tabernáculo o santuario móvil” construido por los Israelitas en el desierto, durante el éxodo de Egipto, como lugar de adoración a Dios Yahveh y en el que se resguardaban las Tablas de la Ley de Dios, la vara de Aarón y un pan de maná dentro del Arca de la Alianza. De sobra es conocido que el santuario bíblico tenía dos compartimientos separados entre sí por una cortina. El primer compartimiento, llamado “El Santo”, tenía el doble de largo que el segundo, llamado “el Sancta Sanctorum o Lugar Santísimo" en el que estaba el Arca de la alianza. "El Santo" me representa a mí (identificándome con el pueblo de Israel) y "El Santísimo" a mi padre (identificándole con el propio Dios). Y entre nosotros ha habido esa cortina de la que habla La Sagrada Escritura que me impedía acceder a él. Sin embargo, la Biblia dice que el día en que Jesús murió en la cruz, el velo que separaba la estructura principal del templo del Sancta Sanctorum, se rasgó como ya se había anunciado. Se llega a deducir que la propia vida humana de Jesús, su “carne”, estuvo representada por la cortina del santuario. Y que cuando Cristo expiró, es decir, murió, rompió para siempre la diferencia que había entre Dios y el Hombre. En conclusión: al aceptar a Cristo en mi vida, he aceptado el Amor Universal que éste simboliza en la cruz y, por ello, he obtenido la llave que me ha permitido cerrar la herida producida en el corazón de mi padre. Reconciliándome definitivamente con él. Y hago hincapié ahora en una de las frases de mi carta a Odessa, porque es, sin duda, a mi juicio la clave de la liberación de mi persona: "parece ser que el momento que yo siempre he soñado (nuestro encuentro) depende de mí, como Tú siempre me has dado a entender." Porque deja bien claro que el encuentro cara a cara que iba buscando con mi padre dependía de mí en todo momento: en recuperar la llave escondida que habitaba en mí, en lo más profundo de mi alma, y luego entregársela a él como símbolo de nuestra unión eterna. Y si esto me ha sucedido personalmente a mí en la vida, el encontrar al padre que vivía en mí desde un principio, me pregunto yo ¿Acaso no será capaz la raza humana de encontrarse con Su Creador? Confío en que sí. Porque haciendo alusión al último libro Sagrado de La Biblia, el Apocalipsis de San Juan, nos encontramos descritas unas palabras muy esperanzadoras para la historia de Salvación de la Humanidad. En la séptima y última visión, perteneciente al último septenario del libro, que supone no sólo la conclusión del Apocalipsis, sino de toda la palabra de Dios, toda la revelación de Dios, desde Abrahán hasta el último día, pasando por el acontecimiento fundamental: la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, Juan contempla la visión más beatífica que cualquier humano haya contemplado jamás en vida. Es la visión de la Nueva Jerusalén: la nueva morada de Dios para con los hombres. Y dice Juan: “Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Habían desaparecido el primer cielo y la primera tierra y el mar ya no existía. Y vi a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo del lado de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su esposo...” (Ap 21, 1-2) Se trata, digo, de un mensaje de extraordinaria riqueza y también lleno de auténtica esperanza, una profecía de consolación definitiva ante el destino final de la humanidad. Cierro la interpretación de esta escena tomando prestadas las palabras de Enzo Bianchi de su libro "El Apocalipsis" porque a mí parecer resumen muy bien mi propia reflexión e interpretación personal que he hecho sobre esta vivencia mía: “Juan, al concluir las visiones del Apocalipsis, quiere confirmar que cuanto ha descrito se resume en la liturgia eucarística, en la misa. A la vez, al final de la Biblia coloca una eucaristía cósmica: toda la creación va con Cristo, por Cristo y en Cristo hacia Dios, es decir, hacia el Amor.”

SEGUNDA ESCENA: LA VUELTA AL HOGAR, DEL PAÍS DE NUNCA JAMÁS AL PARAÍSO INTERIOR

La segunda escena que recuerdo haber visionado es también de cuando era niño. Mi padre me llevó al cine de verano a ver la película “Hook” (1991), película del gran director cinematográfico Steven Spielberg basada en la obra Peter Pan de J. M. Barrie. Recuerdo que por aquel entonces el cine de verano estaba en los jardines del Hotel Del Val de mi pueblo natal, Andújar (Jaén, España). Pues recordé con absoluta nitidez como en un momento de la película mi padre me tapó los oídos y le dijo en voz alta a sus amigos: ¡Qué coñazo de película! Sin embargo, a mí la película me resultaba muy divertida. Indudablemente mi condición de niño me hacía captar aquellos detalles que a los mayores se les escapan. El célebre escritor Saint-Exupéry, autor del libro “El Principito”,  personaje a quien yo siempre he considerado mi verdadero amigo, seguramente me comprendería mejor que nadie. Por eso comenzó el libro con una dedicatoria muy especial: “A Léon Werth cuando era niño.” El autor se siente en la obligación de justificar su dedicatoria y lo hace pidiendo perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Queda claro desde este momento que este es un libro para niños y no para personas mayores. Se establece desde el inicio una contraposición que estará presente a lo largo de toda la obra. El modo en que el niño enfoca la vida es distinto a la manera en que lo hace el adulto: lo que es serio para uno, no lo será necesariamente para el otro.

Por ello, frecuentemente habrá incomprensiones y desconfianzas mutuas. Yo me sentía totalmente identificado con los personajes de la película de Hook porque tampoco quería crecer nunca. Yo no entendía de películas malas o buenas como mi padre, ya que solo era un crío, pero sí que entendía lo que a mí mundo interior afectaba. Y sabía que aquel mundo de fantasía del País de Nunca Jamás era la Tierra Prometida que todo niño busca durante su infancia para vivir para siempre y no crecer nunca. Por ello la película me gustó tanto. Y volviendo a la escena vivida de la infancia, recordé que el hecho más importante no fue la voz de mi padre gritando ¡Qué coñazo de película! Sino que al finalizar la misma, mi padre me cogió de la mano y me llevó al césped que allí había. Nos tumbamos los dos juntos mirando hacia las estrellas y me dijo que las personas se convertían en estrellas al morir. Cuando desperté me acordé durante la mañana de que en la película de dibujos animados de Walt Disney “El Rey León” había una escena parecida entre Mufasa y su hijo Simba a la vivida entre mi padre y yo en aquél césped del cine de verano. En la película de dibujos Simba le preguntaba a su padre si siempre estarían juntos y su padre Mufasa le contesta contándole una historia que le dijo a su vez su propio padre. Mufasa invitaba a Simba a mirar las estrellas puesto que allí los grandes reyes del pasado les estaban observando. Así que Mufasa le da el consejo de que cuando se sienta solo por la vida recurriera a las estrellas porque esos reyes siempre estarán allí para guiarle incluido él. Yo he asociado esta escena con mi propia vivencia para comprender que no tengo que tener miedo a la muerte de mi padre. Puesto que él estará allá arriba observándome… Por otra parte, me acordé de otra escena del “Rey León” que está muy relacionado con el mensaje de la película de “Hook”. Recordé la escena en la que Simba ya crecido se encuentra con el mono chamán. La situación es que Simba se encontraba mal consigo mismo puesto que sabía que no podía seguir comportándose como un niño. Pero no quería volver a su tierra, puesto que era enfrentarse con su propio pasado. Y los recuerdos de su padre: las trágicas circunstancias en las que éste murió. Sacrificando su propia vida por la de su hijo. Aparece entonces el mono chamán con el fin de recordarle cual es su misión en la vida. Y lo hace cuando Simba le pregunta quien era, y el mono le responde devolviéndole la misma pregunta. Entonces Simba le contesta que hasta ese momento creía saber quien era pero que ya duda de quien es en verdad. Sin embargo, el mono le dice que él si que sabe quien es, que se trata del hijo de Mufasa. Simba muestra más interés por ese mono y le pregunta si conoció a su padre realmente. El mono le contesta que sí. Entonces Simba asiste con la cabeza y le dice que su padre murió. E inmediatamente el mono le dice que eso no es cierto que su padre está muy vivo y que él se lo mostrará. Lo lleva ante un lago y le dice que miré en el fondo del agua para ver que descubre. Al ver su propio reflejo Simba desilusionado le dice que ese no es su padre sino que solo es su propio reflejo. Nuevamente el viejo mono le dice que mire mejor. Y al volver hacerlo Simba consigue ver a Mufasa. Y el mono pronuncia en ese instante la frase más importante de la película desde mi punto de vista: “él vive en ti”. Inmediatamente se produce una especie de “hierofanía” celeste (término acuñado por Mircea Eliade en su obra Tratado de Historia de las Religiones para referirse a una toma de consciencia de la existencia de lo sagrado cuando este se manifiesta a través de los objetos de nuestro cosmos habitual) al aparecer la figura de su padre en el cielo y se entabla una conversación entre Simba y Mufasa donde éste último le dice que le había olvidado al olvidarse de sí mismo. Mufasa le pide que vea en su interior y recuerde quien es realmente porque es más de lo que él cree. Después de este acto de manifestación aparece otra vez la figura del mono, quien le invita a afrontar su pasado aprendiendo de lo sucedido en éste. Conclusión: Simba termina conociéndose a sí mismo en cuanto vuelve a reconocerse como el hijo de Mufasa y asume su posición en el ciclo de la vida, con lo que decide regresar a su hogar para restablecer la paz que se había perdido en su tierra por el reinado de su malvado tío Scar. Al final, como no podía ser de otra forma, hay un combate decisivo a vida o muerte entre Simba y su tío Scar, en el que Simba sale vencedor y se corona en lo que estaba destinado a ser: el Rey de la Selva. En Simba se ve el viaje arquetípico del héroe resumido en la tríada: separación-iniciación-regreso. Por último, la relación que veo ahora entre "El Rey León" y  “Hook” es que en ésta última película para que Peter Banning, el protagonista, recobrara su vuelo que le vuelve a convertir en Peter Pan sólo era posible si recordaba su pasado, a su madre, los años en Nunca Jamás y lo más importante: por qué decidió crecer, para poder estar con Moira su esposa y ser padre. Peter consigue finalmente volar, luego de que Campanilla le brinde su apoyo mostrándole su pasado. Lucha con Garfio y lo vence. Al final regresa a su hogar con sus dos hijos, recupera sus recuerdos y vive una mejor vida junto a su familia. He interiorizado mi segunda escena soñada y he llegado a la conclusión de que asociándola a esas dos películas de mi infancia: “Hook” y “El Rey León” el mensaje que mi psique me estaba dando era claro: que mi padre ha estado esperando todo este tiempo que asumiera mi condición de persona madura y volviera al lugar que me pertenece en la vida. Y ese no es otro que la vuelta al paraíso interior: mi propio hogar familiar. Cuesta mucho abandonar el País de Nunca Jamás, que en mi caso se identifica de forma clarísima con mi propia historia de fantasía de Ucrania, Odessa, el 2012 y todo aquello que mi cerebro había creado de la nada para seguir siendo un niño. Y no querer asumir de esta manera por así decirlo el ciclo de la vida. Pero he entendido que se puede ser un niño interiormente [“Les aseguro que si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los cielos. El que se haga pequeño como este niño será el más grande en el Reino de los cielos” (Mt 18, 1-4)] a la misma vez que maduro exteriormente, de cara a la sociedad en la que vives. Así que la tristeza que a priori pudiera haber supuesto para mí el abandono de mi propio País de Nunca Jamás en el que se convirtió mi propia historia personal, ha dado paso a una felicidad máxima, al tomar conciencia de mi nueva condición de hombre. Y cuando lo haces la vida que empiezas a vivir es aún más dichosa que la que vivías anteriormente en el País de Nunca Jamás. He entendido mi fantasía como terapia de mi propia personalidad. Y esto me ha ayudado, no a olvidar mi propia historia personal, sino a trascenderla, a ir más allá de los símbolos.

TERCERA ESCENA: LA LUZ DE UN HOMBRE NUEVO

Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el hijo único de Dios. La causa de la condenación consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas. En efecto, el que obra mal odia la luz y no va a la luz, para que no se descubran sus obras. Pero el que practica la verdad va a la luz, para que se vean sus obras, que están hechas como Dios quiere” (Jn 3, 16-21).

A propósito de este pasaje evangélico voy a interpretar una última escena que visioné en ese bombardeo de recuerdos continuos que tuve durante aquella noche:

Estaba en mi habitación a oscuras, temblando de miedo. Me daba auténtico miedo la oscuridad. Sentía pánico de verme solo sin luz y sin la compañía de nadie. Y entonces acudí al cuarto de mis padres, desperté a mi padre y le dije si podía dormir con él. Él accedió encantado y dormí junto a él, sintiéndome seguro que con él a mi lado no tenía por qué tener miedo a nada. Puesto que él era mi protector, mi guardián de la noche. Ese horror a la oscuridad seguramente había sido debido a la técnica que utilizaba mi niñera para hacerme comer: amenazarme con que me metería en la despensa de la casa a oscuras y donde el ogro me estaría esperando para devorarme. Recuerdo que cuando lo hacía yo sentía un miedo indescriptible y que en cuanto cerraba la puerta de la despensa abría la nevera para tener algo de luz.

Supongo que yo veía en mi padre esa luz que irradiaba energía por doquier. Y por ello recurría a él cuando sentía miedo. La oscuridad está asociada de algún modo al frío. Porque donde no hay una fuente de luz que ilumine y propicie calor a tu vida, reinará la oscuridad y por tanto el frío. Vamos que hablar de la luz y la sombra es lo mismo que hablar del bien y del mal, la vida o la muerte. Son los pares de opuestos. Esa dualidad en la que el ser humano se mueve constantemente durante su estancia por este mundo. Así que todo cuanto puedo escudriñar de este sueño es que evidentemente era el complemento perfecto a los dos anteriores. Es decir, era una especie de justificación de haber visto en mi padre la luz de mi vida. Y que durante un tiempo esa luz pareció apagarse para mi condenación. Pero no es que estuviera apagada, solo era una percepción mía, sino que simplemente había cerrado los ojos para no verla. La dureza de mi corazón me impedía ver en mi padre de hoy día a aquel del pasado. Cuando él siempre ha sido, es y será la misma persona. Al haber vivenciado estas tres escenas me dí cuenta de que al captar en el momento presente al Cristo interior que siempre he creído que mi padre tenía intrínsecamente en una relación cara-a-cara, viendo en Él al Dios vivo y eterno, he trascendido mi propia inmanencia histórica personal en la libre aceptación de este acontecimiento como autorrevelación definitiva de Dios en mi vida.

Esta experiencia íntima de mi persona que acabo de relatar ha supuesto para mí una auténtica hierofanía porque, en un momento dado, percibí el carácter sagrado de mi propia existencia, como misterium tremendum ("misterio sobrecogedor"), y a partir de la cual surgío en mí una nueva visión de mi mismo y del mundo que me rodea.

He sacado como cortesía al lector que esté leyendo esta experiencia mía algunas grandes frases de mi libro favorito "El poder del mito" que cambió mi forma de ver el mundo que me rodea, porque ahora quienquiera que haya leído esta confesión mía de por qué y cómo me convertí en Cristo y por Cristo, entenderá las siguientes afirmaciones de Joseph Cambpell:

"Se dice que todo cuanto ansiamos es encontrarle un sentido a la vida. No creo que sea eso lo que realmente buscamos. Creo que lo que buscamos es experimentar el hecho de estar con vida, de modo que nuestras experiencias vitales en el plano puramente físico tengan resonancias dentro de nuestro ser y realidad más internos, y así sentir realmente el éxtasis de estar vivos." Introducción al primer capítulo "El mito y el mundo moderno"

"Una cosa que sucede en los mitos es que en el fondo del abismo surge la voz de salvación. El momento más negro es el momento en que el verdadero mensaje de transformación está a punto de suceder. De lo más oscuro surge la luz." Introducción al segundo capítulo "El viaje interior"

"Los enviados animales del Poder Invisible ya no sirven, como en los tiempo primitivos, para enseñar y guiar a la humanidad. Osos, leones, elefantes, íbices y gacelas está en jaulas en nuestros zoológicos. El hombre ya no es el recién llegado en un mundo de praderas y bosques inexplorados, y nuestros vecinos más cercanos ya no son las bestias salvajes sino otros seres humanos, compitiendo por bienes y espacio en un planeta que gira sin cesar alrededor de la bola de fuego de una estrella. Ni corporal ni mentalmente habitamos el mundo de esas razas cazadoras de los milenios paleolíticos, a cuyas vidas y estilos de vida les debemos, sin embargo, las formas mismas de nuestros cuerpos y las estructuras de nuestras mentes. Los recuerdos de sus enviados animales deben seguir dormidos, de algún modo, dentro de nosotros; pues se despiertan un poco y se agitan cuando nos aventuramos en terrenos silvestre. Se despiertan aterrorizados cuando suena el trueno. Y vuelven a despertarse, con un sentimiento de reconocimiento, cuando entramos en cualquiera de esas grandes cuevas pintadas. Sea cual sea la oscuridad interior a la que descendieron en sus trances los chamanes de esas cavernas, la misma sombra debe habitar dentro de nosotros, y la visitamos de noche cuando dormimos." Introducción al tercer capítulo "Los primeros narradores"

"Si buscas la bienaventuranza, caminas por un sendero que ha estado ahí todo el tiempo, esperándote, y la vida que deberías estar viviendo es la que estás viviendo. Dondequiera que estés, si vas en pos de tu bienaventuranza, estás gozando de esa renovación, de esa vida que hay dentro de ti, continuamente." Introducción al cuarto capítulo "Sacrificio y bienaventuanza"

"Por lo demás, ni siquiera tenemos que aventurarnos solos, pues los héroes de todos los tiempos lo han hecho antes que nosotros. El laberinto es exhaustivamente conocido. Sólo debemos seguir la huella del paso del héroe, y donde habíamos pensado hallar una abominación, encontraremos un dios. Y donde habíamos pensado matar a otro, nos mataremos a nosotros mismos. Donde habíamos pensado viajar hacia el exterior, llegaremos al centro de nuestra propia existencia. Y donde habíamos creído estar solos, estaremos con todo el mundo." Introducción al quinto capítulo "La aventura del héroe"

"Los mitos de la Gran Diosa enseñan la compasión hacia todos los seres vivos. Gracias a ellos llegamos a apreciar la santidad de la tierra misma, porque es el cuerpo de la Diosa." Introducción al sexto capítulo "El don de la diosa"

"Por los ojos el amor llega al corazón: pues los ojos son la avanzada del corazón, y se adelantan en reconocimiento buscando lo que le gustaría tener al corazón. Y cuando logran un pleno acuerdo los tres resuelven al unísono y en ese momento nace el amor perfecto por lo que los ojos han traído al corazón. Sólo así puede el amor nacer o comenzar, por este nacimiento e inicio movido por la inclinación.
Por la gracia y por las órdenes de estos tres, y por su placer, nace el amor, cuya bella esperanza reconforta a sus amigos. Pues como saben todos los amantes verdaderos, el amor es perfecta amistad que nace, sin duda, del corazón y los ojos. Los ojos lo hacen florecer; el corazón lo madura: el amor es el fruto de esa semilla. Guiraut de Borneilh (1138-1200?)." Introducción al séptimo capítulo "Cuentos de amor y matrimonio"

"Las imágenes del mito son reflejos del potencial espiritual de cada uno de nosotros. Mediante su contemplación evocamos sus poderes en nuestras propias vidas." Introducción al octavo capítulo "Máscaras de eternidad"

Soy consciente de que la libre interpretación de estos sueños míos puede hacer pensar al profesional de la psicología de que no estoy cualificado de ningún modo para realizarme un auto-psicoanálisis de mi persona. Pero, desde mi más absoluta modestia, creo que mejor que yo no puede entender nadie lo que llevo dentro. Puesto que al final es uno quien mejor se conoce a sí mismo. Evidentemente, gracias a la ayuda de profesionales de la psicología y la psiquiatría, y a todos los libros que he ido leyendo en estos años, me ha sido más fácil llegar a estudiar el proceso evolutivo que ha seguido mi mente en mis años de existencia sobre este mundo.

Por último, quisiera concluir con una carta que le he escrito a mi gran amigo Don Fernando Jiménez Hernández-Pinzón y en la que le confieso el por qué de mi felicidad. Este amigo mío es un hombre que se define a sí mismo como ciudadano del mundo (y, a veces, también de las estrellas, del Cosmos, como el gran divulgador científico Carl Sagan se sentía). Y con eso lo está diciendo todo sobre él.

La carta es, además de una confesión personal, un sincero reconocimiento a su labor profesional para conmigo. Su ayuda ha sido inestimable. Y estaré en deuda eterna con su persona. No hay mayor herencia que la del conocimiento y la cultura porque es lo que te da la verdadera libertad en este mundo de esclavitud. Y yo considero ser un heredero humanístico de este Doctor y Maestro Espiritual.

Esta es la carta:
Queridísimo Don Fernando, de sobra me es conocido lo que usted suele preguntarme nada más entrar en su despacho y sentarme sobre este sillón. Como digo se ha convertido en todo un ritual el que usted, Don Fernando, me pregunte nada más verme, ya no sólo con la profesionalidad de un psicólogo, sino con la cercanía de un amigo, el cómo estoy. Y me invite además a expresar cual es mi estado de ánimo tomando como ejemplo una escala de valores del 1 al 10. En la que el 1 sería un estado totalmente abatido, y el 10 totalmente feliz. Pues, como no es mi intención hacerle esperar más, procedo sin más a responderle como me encuentro a día de hoy 18 de Marzo del año 2010 de Nuestro Señor Jesúcristo:

"Me siento como Arquímides de Siracusa al descubrir el principio que lleva su propio nombre. Según se cuenta en el momento del gran descubrimiento, Arquímides, se encontraba tranquilamente tomando un baño. Cuando de repente le vino a la cabeza la solución al problema que se le había planteado en la vida. Y, como movido por una fuerza impetuosa, sintió entonces la eterna necesidad de salir a la calle a manifestar la tremenda alegría que le había producido tal descubrimiento. Fue así como salió corriendo por las calles de su ciudad con el cuerpo desnudo ante los ojos incrédulos de los viandantes, que atónitos no daban crédito a lo que veían. Y todos cuantos se cruzaron por su camino le oían gritar perfecta e incesantemente con voz fuerte y clara: ¡Eureka! ¡Eureka!, que en griego significa: ¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado!

Pues yo, amigo mío, siento esa misma fuerza interior que me impele a salir también allá fuera a proclamar lo que he encontrado en mi vida: a Cristo Resucitado tal cual es, viendo en Él al Dios vivo y eterno que hay en el interior de cada Hombre. Sin duda, ante este acontecimiento tan trascendental, al igual que aquel griego, tampoco sentiría vergüenza de mostrarme al mundo tal y como me encuentro ahora, con el alma totalmente desnuda por la mirada misericordiosa de salvación que Jesucristo me ha mostrado en la Cruz. Porque ante tal revelación solo puedo gritar, como el bueno de Arquímides, con voz fuerte y clara: ¡Eureka!, ¡Eureka! Cristo vive.
Y ahora vivo con la profunda fe y esperanza de que tarde o temprano el hombre moderno tomará conciencia de la verdad a la que está llamado: la de ser co-salvador con Cristo de sí mismo, de los demás hombres, de la historia humana y del mundo entero. Y esto no es otra cosa que la vivencia, ya ahora, del Reino de Dios por venir.
Así que, no he tenido más remedio que, desde la más humilde aceptación de mi contingencia y de mi pecado, alzar la vista mirando al único horizonte de esperanza que hoy día tiene ante sí el hombre: Jesúcristo, Dios eterno, Hombre eterno.

Ya no temo por mi futuro ni me preocupo en qué comeré ni con qué me vestiré el día de mañana. Puesto que confío plenamente en mí al haber vencido el miedo en el que me encontraba inmerso y que me hacía vivir en constante amenaza con los demás hombres. Ha brotado de mí la semilla indeleble del Amor Universal. Y me ha convertido en un hombre nuevo nacido en Cristo y por Cristo. 
"Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque Tú Señor vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan" (Sal 22, 4)
En pocas palabras, confieso que estoy con la paz y la gloria que Nuestro Señor Jesúcristo otorga a aquel hombre que Le ha aceptado en su vida como el Salvador de la misma.

Esta experiencia mía corrobora que "la verdad se vive, no se enseña; es el resultado de incalculables luchas y de infinitas vacilaciones. Lo divino está dentro de cada uno, no en los conceptos, ni en los altares, ni en los libros." Antonio Gala

Atentamente, su amigo para la eternidad.

Fdo. El Ciudadano de Odessa

Lo importante no es el hecho de que si esta vivencia del pasado fuese o no real. Eso es lo de menos. Puesto que lo verdaderamente importante es el significado que para mí ha tenido en mi vida: la recuperación de mi integridad humana. Es más, yo la considero una vivencia real "interior". Pese a que nunca hubieran ocurrido en la realidad "exterior" tales hechos. Aún así la única forma de salir de toda duda es preguntándole a mi propio padre si él recuerda haber vivido junto a mí tales episodios. Su respuesta será algo que quedará entre él y yo. En última instancia, esa verdad solo la debemos saber ambos.

C’est fini  

 
AGRADEZCO ESTE DIARIO:

A mis padres, por haberme dado la vida. Y haber sido todo lo pacientes que han sido conmigo.

A mis hermanos, porque les amo. Ellos son la verdadera herencia que mis padres me han dejado para disfrutar sobre este mundo.

Al Doctor Fernando Sarramea Crespo, por haberme enseñado el inicio del camino que conduce a la maduración.

A la Doctora Josefina Murillo Agudo, por las innumerables charlas que me ha concedido para ayudarme. Y hacerme descubrir que el cambio estaba en mi interior.

A  Carmelo Zamora Expósito, por ser mi confesor y guía espiritual.

A José María Calixto Ruíz, por haberme atentido de la mejor manera posible en los momentos más críticos de mi vida.

A Rodrigo David Mariscal Salmoral (MUTEN), por ser, en potencia y sin duda alguna, un guerrero de la luz, es decir, un artista en el arte de amar.

A Elena Collado Hermosa, por ser mi mejor amiga con todo lo que esto significa.

A Francisco Valverde Hermosilla, por ser como es, un hombre noble y justo.

A José Alberto Orero Vigaray, porque siempre me escuchó con compresión. Y me dio su punto de vista de la situación que vivía.

A Macarena Roldán, por su apoyo incondicional.

A Juan Carlos Córdoba, por la fe y esperanza que siempre me ha transmitido a través de la luz del Evangelio.

A Antonio Hernández Figueras, por abrirme en todo momento la puerta de su casa.

A Manuel Amurgo Galán, por ser el niño corazón, la viva encarnación de la persona que vive por y para los demás.

A Antonio Arroyo Porras, por haberme perdonado siempre.

A Ildefonso Salas Godoy, porque siempre creyó en mí desde que me conoció.

A Miguel Ballesta López, por la pasión que me ha inculcado hacia el deporte rey: el fútbol. Él lo vive de tal manera que me hace sentir partícipe de ese amor hacia un deporte tan grande.

A Tomás Arroyo Cámara, por compartir conmigo un sentimiento especial hacia Ucrania.

A los hermanos Chamocho Bellido, porque son mi ejemplo a seguir de cómo tienen que amarse y respetarse unos hermanos, pese a sus diferencias.

A los hermanos Munuera Montero, Sergio, Carlos y José Luis, por aportar su granito de arena a mí visión del cristianismo moderno.

A Antonio Mariscal (MAEC), por concienciarme sobre la gran responsabilidad que el hombre contemporáneo tiene ante sí: cambiar la situación espiritual del mundo con su visión trascendental de los acontecimientos sucedidos en el 11 de Septiembre del año 2001 en la ciudad de New York.

A José Simón Calixto, porque está tan loco o tan cuerdo como yo.

A Facundo López Sanjúan, para que nunca olvide que ser sarcedote es, en su caso, el mejor proyecto de vida que nunca pudiera haber planificado para ayudar a los demás. Para mí siempre será mi sacerdote predilecto porque la emoción que siento cuando le escucho cantar misa no la he encontrado con ningún otro.

A Juan Luis Selma, el último gran sacerdote que he conocido. Él siempre estuvo ahí, mientras yo iba y venía.

Y a ti, Alfredo, por ser un hijo de Dios.

Aunque no haya mencionado a nadie más, agradezco a toda persona que se haya cruzado por mi camino por el mero hecho de hacerme ver que estaba vivo y a los que ya no están y se fueron a las estrellas, ¡como no! entre éstos hago digna mención al gran Joseph Campbell, por habernos dejado sus enseñanzas...